Me van a permitir que narre con algunas licencias y adornos mi experiencia en las LES 2012. Escuchen esta primera canción mientras leen esta pequeña historia mía.
Todo empezó con una canción, como toda buena historia que se precie: Thunderbird, de John Hiatt. No me pregunten el motivo, la razón por la cual esta canción estuvo rondándome la cabeza, día y noche, la semana antes de partir a las LES. Quizás, y solamente quizás, por ese tono melancólico, nostálgico, tan presente en la melodía, interpretada magistralmente por la voz quebrada de Hiatt. Algo así como añorar lo que nunca jamás existió (qué tonto, Pedro, que soberano tonto eres); y al tiempo, encajar la idea de un viaje cercano. Aparenta tontería, cosa sin seso o de poco fuste pensarán, pero un viaje, por pequeño que sea, de rutina o extraordinario, siempre mueve a emoción… pues no es viajar despegarte de tu mundo por un tiempo. Tan sencillo como eso, y tan necesario, empero, en esos atardeceres estivales que preludian la llegada de otoños ventosos y oscuros.
Y es curioso también a su modo, porque Thunderbird trata del cariño del propietario por su viejo cacharro clásico. Podría extrapolar esta relación a muchas cosas en mi vida, porque en ocasiones me da la sensación que todo lo que me rodea es un cacharro, una ruina: desde mis motos hasta el juego que creamos, tal cual reliquia rescatada, cacharro remozado… pero entrañable. La Marca es nostalgia.
Y la canción dando vueltas en mi cabeza, como una mala resaca de ginebra. Incluso llegué a compartir esta obsesión con una persona, a través de la Red. Ella no le dió importancia, presumo. Realmente no la tiene. Pero yo, ¿tendría que ir en moto o en coche? Los que me conocen saben que odio los coches, me supera conducir un enlatado, pero hay ocasiones en las que no queda más remedio.
Y Thunderbird sonando en mi cabeza, una y otra vez.
Considerando los antecedentes… una locura: tardé doce horas en cubrir el trayecto Lorca-Gandía este pasado agosto, con mi siempre fiel compañero de ruta y amigo del alma, tras mil y una peripecias y paradas técnicas y no tan técnicas diversas sobre las que es mejor no hablar. Pero sobre una moto, lo que importa es el camino, nunca el destino. La vida es una carretera que unas veces va y otras tantas vuelve, con bifurcaciones y encrucijadas entremedias, y tengan por seguro que las más importantes lecciones se aprenden en el trayecto, nunca al finalizarlo. En realidad, hay que disfrutar del viaje en sí, sin importar las consecuencias del mismo, incluyendo el destino, que en ocasiones es amargo o decepcionante. Don Williams lo explicaba mejor que yo, poeta él, pero no es otra cosa que vivir el momento.
Al final fuí en coche.
Marché pronto, eran algo menos de las cuatro de la mañana del sábado día 22 de septiembre. Llegué a mi hotel a eso de las 9:00, y al recinto donde se celebraban las LES poco después.
Allí estaban mis compañeros de Holocubierta, siempre activos y sonrientes. Tenía que dirigir mi partida a las 11:30. Escogí el viejo módulo B4 La Ciudad Perdida, el clásico de Moldvay, no sin antes tomar un bocado con Ismael, en un bar cercano. Al volver, tropezándonos cada poco con alguien conocido, me encontré rodeado de 5 bien dispuestos jugadores, atentos y receptivos, aunque tremendamente cautelosos. No me extraña, habida cuenta de esas malas lenguas viperinas que me tachan de Master sanguinario, ávido de sangre, insaciable e implacable. Quizás por aquel total party kill de las LES 2011… no sé. Estoy de broma… estoy de broma. Sea como fuere, lo pasé genial y creo que ellos también. Lástima que no estaba en mi mejor momento, tras el madrugón y el viaje posterior, amén de una infección estomacal reciente.
Tras la aventura, al filo de las dos, me encontré con mis buenos amigos Pablo y Ángela que, como saben, son creadores y responsables del Códex de la Marca. Junto a ellos, pudimos asistir a una improvisada presentación de una nueva herramienta virtual para la Marca que Fernando Oliva y Daniel Peiro están desarrollando. También estuvo allí Marta, pareja de Dani, que se hizo acompañar por su simpática mascota. Ni se imaginan. En fin, quedamos gratamente sorprendidos. Entretanto, la gente abarrotaba el lugar, las mesas de juego bullían de actividad, y no parábamos de saludar gente conocida. El ambiente era excepcional.

Poco después, Ángela, Pablo y yo marchamos a comer para discutir varias cosas relativas al Códex y a la aventura que ambos han escrito para la caja verde. Qué quieren que les digan, disfrutar de la compañía de esta entrañable pareja, a los que tengo como familia, es siempre un grato placer. Tanto que uno, en su alegría, se animó de más con las cervezas y los mojitos con funestas consecuencias. Recuerden mi reciente infección estomacal. Y saben una cosa, justo cuando salía por la puerta del recinto rumbo al restaurante, se me acercó presuroso un individuo que resultó ser Ignacio de Edge, con el que mantuve una agria disputa pública hará unas semanas. Tuvo un bonito gesto conmigo, que le honra como persona, y me hace ver lo tremendo de mi error, por lo que ahora, también públicamente, quiero pedirle perdón por mi actitud poco reflexiva y retractarme de mis duras palabras. Es de sabios rectificar, y me toca hacerlo. Gracias Ignacio, eres un buen tipo.
Seguimos. Tras una comida memorable, decidimos volver al recinto, aunque, un tanto alocadamente cogí el coche para acercanos a los tres. Mala decisión, habida cuenta del combustible que tenía ya en mis venas. No pasó nada y arribamos sanos y salvos de vuelta a la LES para seguir disfrutando del ambientazo. El lleno a la tarde sobrepasaba todas las expectativas: mesas y mesas de gente jugando a rol, mientras Alfredo en estado eufórico vociferaba: ¡no decían que el rol estaba muerto! Ah, me hicieron una entrevista en video. Gracias Kokuro, no lo merezco.
A eso de las seis y pico, decidí marcharme a la Japan Weekend y la Cificom, a ver qué tal. Poco dispuesto a pelearme con un mapa de Metro con los mojitos golpeando mis meninges, decidí coger un taxi. Poca cosa reseñable puedo añadir sobre estos dos eventos, salvo que se me vino a la cabeza aquella frase memorable de Paul Éluard, creo recordar, que decía aquello: hay otros mundos, pero están en éste. No saben cuánta razón tenía. Total, sólo me interesaba encontrarme con una persona conocida que allí me aguardaba (eso creo al menos, aunque no lo puedo asegurar), y puedo decir que fue lo mejor de todo, poder disfrutar de su compañia unos pocos minutos y fumar un par de cigarrillos, poco más. Haciendo honor a mi palabra, tardé nada en recoger velas, sin intención de importunar en demasía y mucho menos molestar.
Para retornar a las LES, ya de bajón, y algo malhumorado, decidí volver a coger un taxi. Y aquí que me ocurrió otra de esas cosas singulares. Topé con un taxista dicharachero y simpático, y casi inmediatamente entablamos una amistosa conversación sobre la vida, las mujeres y no sé qué más. Tan bien conectamos que, al llegar a Alcorcón, paramos en un bar y nos convidamos a un par de cervezas, conjurándonos por, ante todo, ser felices. Es verídico, aunque no se lo crean.
Poco después llegué al pabellón, la gente seguía incansable y allí donde miraba reconocía a algún compañero, ya todos buenos amigos. Aunque, ya avanzada la tarde, cerca del horario de cierre, acompañado por Carlos Plaza (autor de Shadow Hunters), que se hospedaba en mi mismo hotel, decidimos marchar a descansar, no sin antes parar a cenar… en el mismo sitio de los mojitos de la tarde. Y entre charla y charla, bebimos más mojitos (rojos ahora, con nombre extraño, pero cojonudos de sabor). Poco después no acostamos… que no juntos 😉
Dormí placidamente. Ya no escuchaba en mi cabeza Thunderbird.
Y llegó el domingo. Volví al pabellón, con la idea de quedarme un rato más antes de salir pitando para Lorca. La mañana dominical la aproveché para hablar con todo quisque, comprar alguna cosilla y echar fotos al personal (todas las fotos que ven aquí son de primera hora del domingo, de ahí que no se vea tanta gente). No creo que sea necesario citar a todas las personas con las que he departido, porque para estas cosas se corre el riesgo de dejar fuera a alguien y no sería justo. Pero han sido muchas, y a cual mejor. Sí, soy un buenista convencido… ¡qué se le va a hacer!
Me quedo con un pequeño detalle. Justo antes de marchar, se me acercó un señor con su hijo pequeño de la mano. Su intención era saludarme y felicitarme por el trabajo realizado en la Marca. No recuerdo su nombre o nick, que Orcus me perdone por mi falta de seso, pero sus palabras me llegaron al alma, sobretodo al comentar que, tras años de no jugar a rol, la Marca le devolvió la ilusión, emoción que finalmente le llevó a retomar la afición. Ya sólo eso nos basta y colma.
Aquí les dejo algunas fotos. En ésta primera anda un servidor, a la izquierda, junto a un buen puñado de excelentes personas. Sabrán todos reconocerse, por aquello de no citar para no faltar. El resto muestra mesas de juego durante la mañana del domingo.

Y como empezamos esta narración algo estúpida con una canción, vamos a concluirla con otra. Y por qué razón esta canción en concreto. Pues… no lo sé diántre… bueno sí. Sea como fuere, esta vida no es más que un eterno regreso a casa, lo único que importa es lo que hagamos entremedias. 
Y aquí, aquí seguimos… como una roca en el océano. A veces sentimos que lo que hacemos es sólo una gota en el mar, pero si faltara, éste sería menos en su inmensidad. Quiero decir,  nuestro relato es sólo una minúscula experiencia que puede aparentar exagerada en sus términos, pero es nuestra y es lo que nos queda. Mejor dicho: es mía. Lo he pasado genial en este viaje. He aprendido cosas, conocido gente maravillosa y disfrutado como un crío.
También me gustaría aprovechar la ocasión para felicitar a la organización de las LES por el estupendo trato recibido (en especial a Dani/Plunder) y el trabajo realizado, que ha sido loable, efectivo y magnífico. No faltaremos otros años mientras nos queden fuerzas.
¡Nos vemos en Lorca!

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