Toda mi vida he sido un entusiasta de las motocicletas. Cuando apenas era un chaval, no podía evitar girar la cabeza al escuchar, calle abajo, el estruendoso petardeo de estos cacharros ruidosos y peligrosos. Me quedaba como embobado mirando la motocicleta de turno, y no podía evitar envidiar al afortunado tipo a sus mandos.

Muchos años después, pude comprar al fin mi primera moto, una vez reuní, no sin esfuerzo, el dinero requerido ahorrado en muchos meses de trabajo. Desde entonces, siempre he ido en moto de un lugar a otro, prácticamente todos los días de mi vida, convirtiéndose en mi vehículo habitual. He tenido varias y diversas, y he podido conducir otras tantas, aunque, debo admitir, que siempre sentí debilidad por las motocicletas de corte clásico… antiguas. No en balde, mi primera gran moto fue una Harley Sportster 883R, con motor de carburación, un modelo que apenas ha cambiado en su configuración desde hace más de una década, mejorando lo presente pero manteniéndose fiel al esquema original y la fama del modelo y fabricante. Pero aparte de ello, he podido adquirir, o bien recuperar, otras motos que atesoro con cariño, todas ellas clásicas, como una Lambretta Jet 200 del 77 o la ISO de mi abuelo, en paz descanse, del 53, con sus viejos puños de tipo Coca-Cola originarios de una Guzzi. Como ven, viejos cacharros…

Un día un amigo me dijo: No entiendo como puedes ir con esas antiguallas, yo no podría conducir eso habiendo modelos muchos más modernos, con tecnología punta, y bla, bla. Pero no se trata de eso… no, no tiene nada que ver con los avances tecnológicos, el par motor, consumo, caballos, velocidad punta, ABS y demás, en absoluto… se trata de las sensaciones, del estilo, del espíritu, de la tradición, de los recuerdos, la nostalgia, de la vida y las experiencias personales. Hay algo mucho más complejo, sentimental, emotivo si cabe, en el por qué y el cómo de todo esto. Aquellas motos antiguas permitían un contacto más cercano, sencillo, entre el usuario y la máquina. Uno podía cambiarle el aceite sin necesidad de desmontar toda la moto. Las bujías criaban perla y con una sola llave podías cambiarla al momento y a correr. Luego lijabas el borne y podías volver a utilizarla. Siempre andábamos echándole más aceite de más a la mezcla, con la consecuente humareda; trucábamos los cilindros, o salíamos del paso del típico tubo de escape embozado metiendo alambres por el colector o quemándolo con gasolina a lo bruto para eliminar la carbonilla. Podíamos variar el flujo de aire en nuestros carburadores, la admisión de combustible, cambiar los filtros con facilidad… o quitarlos sin más. Las motos nos permitían esto… es más, requerían este tipo de compromiso con el usuario. Entonces no precisábamos de gruesos tomos de instrucciones llenos de arcanos indescifrables, un simple folleto te enseñaba de forma rudimentaria a mantener tu moto, incluyendo unas breves recomendaciones de seguridad. El resto corrían de nuestra cuenta, en un proceso de aprendizaje tan interesante, sino más, que la propia experiencia de pilotar la motocicleta. Aunque las más de las veces bastaba el consejo de un amigo; un amigo, por cierto, que te echaba una mano para reparar la moto en su caso: desde cambiar un tubo de escape Clubman para una Lambretta hasta unas nuevas colas Vances & Hines para una Softail.

Con todo esto, no quiero decir que las motos de hoy no sean… motos, ni mucho menos: son máquinas soberbias, divertidas, seguras, rápidas, fenomenales… pero, mucho más complejas, rebosantes de aplicaciones informáticas y electrónicas, que suplen en cierto modo la capacidad del usuario modificando la relación entre la máquina y el piloto, decantando la balanza del lado de la motocicleta. Toda reparación de una moderna moto empieza hoy conectándola a un ordenador y las opciones son infinitas, múltiples y complejas. Sí, todo esto está bien, pero en su esencia las motos siguen siendo, tan sólo, cilindros, culatas, pistones… configurados de diversas maneras y formas, sí, pero compresión y explosión al fin y al cabo. Todas tienen un mismo origen…

Llegados a este punto, ¿qué quieren que les diga? Yo me quedo con una Vincent Black Shadow. Y si me preguntan la razón, les diré, tan sólo, que escojo la Vincent porque… ¡porque es una Vincent!. Y si me habéis leído hasta aquí sabréis los motivos tras esta decisión.

Una ola no puede explicar todo el mar… pero bastará con leer entre líneas.

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